El ganchillo no me relajaba (hasta que dejé de contar puntos)
Hay una frase que se repite en todos los reportajes sobre lana: «el ganchillo es como la meditación». Ya. Pues mi primera cadeneta parecía un alambre. Tan apretada que la aguja no entraba ni empujando, y yo con los hombros a la altura de las orejas, la lengua fuera y el cuello hecho polvo.
Relajante, lo que se dice relajante, no era.
La libreta de los palotes
Mi primer proyecto serio fue un granny square. Un cuadrado, se supone. El mío salió trapezoidal, y no un poco: parecía que alguien lo había planchado en diagonal. El problema era contar. Me apuntaba los puntos con palotes en una libreta, como quien cuenta días en una celda, y aun así me perdía cada dos vueltas. Deshacer, volver a contar, deshacer otra vez. Al ganchillo deshacer se le llama «frogging», por cierto. Yo croaba mucho aquel invierno.
Un día mi madre, que teje desde antes de que yo naciera, me miró por encima de las gafas y me dijo: «deja de contar y mira lo que tienes en la mano». Me pareció un consejo de taza de desayuno. Pero lo probé.
Lo que cambió (no fue magia)
Resulta que el punto bajo tiene una forma. Y la vareta tiene otra. Cuando aprendes a leerlos —a ver dónde empieza y dónde acaba cada uno— ya no necesitas la libreta, porque el propio tejido te dice por dónde vas. Es como pasar de deletrear a leer de corrido. Tardé unas semanas. Nadie me lo había explicado así y es lo primero que le digo ahora a cualquiera que empieza.
Lo segundo: aflojé la mano. Literalmente. La tensión del hilo era la mía; cuando dejé de agarrar la aguja como si fuera a escaparse, la cadeneta se abrió y el cuello dejó de crujir.
Y lo tercero, que suena a broma pero no lo es: puse el tutorial a velocidad 0.75. Las manos de la señora del vídeo iban a un ritmo imposible y yo pausaba cada tres segundos. A cámara lenta, de repente, todo tenía sentido.
Ahora sí me relaja (casi siempre)
Hoy tejo mientras escucho pódcast y hay tardes en que levanto la cabeza y han pasado dos horas. Ese estado sí existe, no es un mito. Pero llega después de la cuesta, no antes. A mí me costó un granny trapezoidal, media libreta de palotes y un cojín que iba a ser manta.
Si estás empezando y lo tuyo tampoco parece meditación, no es que lo hagas mal. Es que estás en la parte de deletrear. Se pasa.
Y si prefieres saltarte la cuesta y quedarte solo con el resultado, para eso estamos las que ya croamos lo nuestro en su día. Me cuentas qué tienes en mente y lo tejo yo, con el cuello ya entrenado.
El cojín que iba a ser manta, por cierto, sigue en el sofá. Nadie sabe que era una manta. Ahora tú sí.