Por qué ninguna taza me sale igual (y ya no lo intento)

Ilustración de una taza humeante en tonos terracota, con hilos decorativos

Una vez me encargaron dos tazas iguales para unos mellizos. «Idénticas, porque si no, pelean», me dijo su madre, que claramente sabía de qué hablaba.

Lo intenté. De verdad que lo intenté.

Pinté la primera un jueves: un zorro naranja con la cola enroscada alrededor del asa. Quedó de fábula. Pinté la segunda el viernes con el mismo pincel, la misma pintura, la misma plantilla que me había hecho yo misma con papel de horno. Y el zorro del viernes tenía otra cara. No mala. Otra. Un pelín más espabilado, como si el zorro del jueves fuera el hermano tranquilo y el del viernes el que se sube a los muebles.

Volví a empezar. El tercer zorro tampoco era clavado a ninguno de los dos anteriores. A la tercera taza lo entendí: no hay manera. El pulso de cada día es distinto, la presión del pincel es distinta, hasta el humor con el que pintas se nota en el trazo. La máquina que hace tazas iguales existe y se llama fábrica. Yo tengo dos manos y un pincel del número 2.

¿Sabéis qué pasó? Que le conté el drama a la madre y me dijo: «mejor, así cada uno sabe cuál es la suya». Los mellizos llevan años desayunando con el zorro tranquilo y el zorro espabilado y jamás han peleado por las tazas. Por otras cosas sí, imagino.

Desde entonces lo digo de entrada: si me pides una taza pintada a mano, saldrá parecida a la foto que te enseñe, y será solo tuya. Ninguna otra persona del planeta desayunará en una igual. Dicho así suena a eslogan, pero es literal: ni queriendo sabría repetirla.

La taza del capuchino de media tarde que uso yo tiene un ovillo pintado y el asa medio torcida de un día que el horno hizo una cosa rara. Podría pintarme otra.

No quiero.

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