La puerta del Ratón Pérez que casi no existe
La primera puerta del Ratón Pérez que hice fue un miércoles por la noche, deprisa y corriendo, porque a la hija de una amiga se le había caído el primer diente esa misma tarde y la criatura preguntó, con toda la lógica del mundo: «¿y por dónde va a entrar?».
Pregunta seria. Piso octavo, sin chimenea, ventanas con mosquitera.
Su madre me llamó agobiada y yo tenía en casa un trozo de madera fina, pintura, y medio bote de cola. Con eso salió una puertecita de diez centímetros, arqueada, con su pomo dorado que en realidad era una bolita de collar viejo. La pegamos al rodapié del pasillo. La niña la miró un buen rato, dijo «vale», y se fue a dormir tan tranquila. Problema resuelto: el ratón ya tenía entrada.
Aquella puerta la hice en dos horas. Las de ahora me llevan bastante más, porque le he ido cogiendo el punto: el buzón pequeñito para dejar el diente, el felpudo de fieltro, el cartel con el nombre del peque. Hay quien pide la puerta a juego con el pasillo de casa, y una familia me encargó una con dos buzones porque tienen gemelas y «el tema dientes va a ser competitivo».
Lo que no cambia es la escena, me la cuentan siempre igual: el peque enseñando la puerta a las visitas antes que ningún juguete. Las visitas agachadas en el pasillo mirando un trozo de madera de diez centímetros. Y el diente, la primera noche, con los nervios de si el ratón la sabrá encontrar.
La sabe encontrar. Tiene experiencia.
Cada puerta sale distinta porque las pinto una a una, así que si quieres una para un diente que ya baila, cuéntame cómo es el peque y le hacemos la entrada a su medida. Están con el resto de detalles en Baby & Deco.
Por cierto: la niña del piso octavo tiene ya once años y la puerta sigue en el rodapié. Dice que por estética. Yo creo que por si acaso.