Mi gato ignoraba su cueva de ganchillo. Esto es lo que funcionó.
Tejí mi primera cueva para gatos con toda la ilusión del mundo. Trapillo grueso, forma de iglú, tres tardes de trabajo y un dolor de muñeca considerable.
Mi gato durmió tres semanas en la caja de cartón que había al lado.
En la caja. Al lado de la cueva. Mirándome, diría yo.
Si tienes gato ya sabes que esto no es un fallo del producto, es la personalidad del cliente. Pero desde entonces he tejido unas cuantas cuevas y he ido reuniendo lo que sí funciona para que el bicho la adopte, contrastado con las familias que me las encargan.
Primero: no la laves antes de estrenarla. Yo lo hacía, para que estuviera impecable, y era un error. El gato necesita que huela a casa, no a jabón. Mejor todavía: mete dentro una camiseta tuya usada los primeros días. Suena poco glamuroso. Funciona.
Segundo: el sitio importa más que la cueva. Rincón tranquilo, algo elevado si puede ser, nunca en medio del paso. Mi error fue ponerla junto al comedero, que para nosotros es lógico y para un gato es como dormir en la cocina de un bar.
Tercero: la hierba gatera es trampa legal. Un pellizco dentro la primera semana y la conversación cambia por completo.
Y cuarto: paciencia de la de verdad. Hay gatos que entran el primer día y gatos que necesitan un mes de fingir que la cueva no existe, no vaya a ser que alguien piense que les gusta. El mío tardó veintitrés días. Los conté.
Ahora duerme dentro cada tarde, hecho una rosquilla, y cuando viene gente la enseño como quien enseña una obra de arte. Porque lo es. Con pelo, pero lo es.
Las hago a medida del gato (los hay que necesitan talla XL, sin juicios) y con trapillo que aguanta lavadora en frío, que con los peludos hace falta. Si el tuyo es de los de caja de cartón, no te prometo milagros. Te prometo veintitrés días.